¿Cuándo fue la última vez que no hiciste absolutamente nada? Pero nada de verdad.
No vale estar tirado en el sofá mirando Instagram. Ni poner una serie mientras contestas WhatsApps. Ni salir a dar un paseo escuchando un podcast sobre cómo ser más productivo, más feliz, más creativo y, probablemente, mejor persona antes de las siete de la mañana.
Hablamos de no hacer nada. Mirar por la ventana. Sentarte en una terraza sin sacar el móvil. Dejar que pase el tiempo sin sentir la necesidad de rellenarlo. Aburrirte un poco, incluso.
Parece fácil. Hasta que lo intentas.
Ahora parece que cualquier hueco libre parece un problema que hay que solucionar. Tenemos listas de series pendientes, restaurantes guardados, viajes que queremos hacer, exposiciones que visitar, libros que leer y vídeos que alguien nos ha enviado con un inquietante “míratelo cuando puedas”.
Y nunca podemos.
Así que quizá haya llegado el momento de reivindicar algo bastante revolucionario: parar.
Tenemos un pequeño problema con no hacer nada
Nos hemos acostumbrado a medir el día por todo lo que hemos conseguido meter dentro.
Trabajar. Entrenar. Hacer la compra. Contestar mensajes. Tomar algo. Ir a esa exposición. Adelantar cosas. Organizar el fin de semana. Preparar comida para mañana.
Y si queda un hueco libre, inmediatamente aparece la pregunta:
¿Y ahora qué hago?
No es casualidad que miles de personas busquen cada mes en Google qué hacer cuando te aburres. Internet, por supuesto, tiene respuestas:
- Aprende un idioma
- Haz yoga
- Ordena el armario
- Cocina algo
- Empieza un diario
- Haz manualidades
- Limpia el baño
- Aprende origami
- Reorganiza tu escritorio
- Hazte trenzas en los sobacos
Fantástico. Hasta el aburrimiento tiene que ser productivo.
Nos hemos montado una sociedad en la que aparentemente sentarse veinte minutos mirando al techo es desperdiciar el tiempo, pero pasar cuarenta y cinco minutos viendo vídeos de gente ordenando su nevera por colores nos parece perfectamente razonable.
Algo no cuadra.
El aburrimiento no necesita que lo arregles
Durante mucho tiempo aburrirse fue una parte completamente normal de la vida.
Esperabas en el autobús, en la consulta del médico, en una cola, a que llegara alguien, a que empezara una película, a que tus amigos llamaran al telefonillo.
No había mucho más. Y mientras esperabas, tu cabeza hacía sus cosas. Pensabas. Mirabas alrededor. Imaginabas conversaciones absurdas. Te fijabas en alguien. Se te ocurría una idea. Recordabas algo que llevabas meses sin recordar.
Ahora sacamos el teléfono. Automáticamente.
A veces ni siquiera sabemos para qué lo hemos sacado. Desbloqueamos la pantalla, abrimos Instagram, cerramos Instagram, abrimos WhatsApp, volvemos a Instagram y, de repente, han pasado quince minutos. Hemos eliminado prácticamente todos los pequeños espacios vacíos del día.
Y resulta que esos espacios tenían una función.
El aburrimiento permite que la mente divague, conecte ideas y salga durante un rato del modo tarea. No significa que cada vez que mires al techo vayas a tener una revelación digna de cambiar tu vida. Probablemente pienses en croquetas.
Pero también puede aparecer:
- Una idea
- Una pregunta
- Una conversación pendiente
- O absolutamente nada
Y eso también está bien.

FOMO: la sensación de que la vida está ocurriendo en otro sitio
A esta incapacidad para parar se suma otro invitado bastante pesado: el FOMO (Fear of Missing Out)
O, dicho de otra manera, el miedo a perderse algo.
Mientras tú estás tranquilamente en casa un sábado por la tarde, alguien está en un festival. Otro acaba de descubrir un restaurante increíble. Una amiga está de viaje. Alguien se está tomando un vermut al sol. Otro corre una media maratón (por algún motivo hay muchísima gente corriendo medias maratones últimamente) y alguien que estudió contigo está recorriendo Vietnam en moto.
Tú, mientras tanto, estás en pijama. Y durante un segundo parece que estás haciendo mal la vida. Ese es uno de los trucos más eficaces de las redes sociales: enseñarnos cientos de vidas simultáneamente y hacer que comparemos ese collage gigantesco con nuestro martes por la tarde.
Normal que salgamos perdiendo.
El problema del FOMO no es únicamente querer hacer cosas. Hacer cosas es estupendo. Salir, viajar, descubrir sitios, conocer gente, bailar hasta tarde y apuntarte a planes improvisados forma parte de estar vivo.
El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos si realmente queremos estar ahí. Cuando vamos porque “hay que ir”. Cuando aceptamos un plan mientras estamos deseando quedarnos en casa. Cuando una tarde vacía empieza a parecernos un fracaso.
Bienvenido, JOMO
Frente al FOMO apareció un concepto bastante más interesante: JOMO (Joy of Missing Out)
El placer de perderse cosas. Suena bien, ¿eh?
El JOMO consiste en asumir algo que, en realidad, debería resultar bastante evidente: no puedes estar en todas partes. Y tampoco pasa nada.
- Puedes perderte esa fiesta.
- Puedes no probar el restaurante del que habla todo TikTok.
- Puedes no aprovechar cada minuto del fin de semana.
- Puedes pasar un domingo entero haciendo prácticamente nada.
La ciudad seguirá funcionando. Internet sobrevivirá. Tus amigos probablemente también. JOMO es elegir conscientemente dónde quieres estar en lugar de vivir persiguiendo todos los sitios en los que podrías estar. Y hay bastante libertad en eso.
Cosas para hacer en casa cuando te aburres: prueba a aburrirte
Buscas cosas para hacer en casa cuando te aburres y aparecen cientos de propuestas.
Nosotros tenemos otra: Abúrrete.
Sí. Esa es la actividad.
No hace falta convertir inmediatamente el silencio en otra tarea. Puedes poner música y tumbarte en el sofá. Prepararte un café y beberlo sin hacer otra cosa mientras tanto. Cocinar sin prisas. Regar las plantas. Mirar cómo entra el sol por la ventana. Dar vueltas por casa. Incluso puedes protagonizar ese momento universal en el que abres la nevera, miras dentro durante diez segundos y vuelves a cerrarla sin haber cogido nada.
No sabemos exactamente qué buscamos ahí, pero todos lo hacemos. La clave está en dejar de pensar que cada minuto tiene que producir algo. Porque descansar no es únicamente dormir. También es permitir que durante un rato nadie, ni siquiera tú, te exija nada.
Estamos cansados de optimizarnos
Hay una obsesión contemporánea bastante curiosa con convertirnos constantemente en una versión mejorada de nosotros mismos: dormir mejor, comer mejor, trabajar mejor, entrenar mejor, leer más., ahorrar más, viajar más, organizarnos mejor. Hasta descansar mejor.
Tenemos aplicaciones que miden cuánto dormimos, relojes que nos recuerdan que debemos levantarnos, vídeos sobre rutinas de mañana, técnicas para concentrarnos y métodos para aprovechar mejor cada hora.
Y algunas de esas herramientas son útiles, claro. El problema llega cuando empezamos a tratar nuestra vida como si fuera una empresa que necesita mejorar sus resultados trimestrales. No somos una hoja de Excel. Hay días poco productivos. Conversaciones que duran demasiado. Paseos que no llevan a ninguna parte. Sobremesas de tres horas. Siestas accidentales. Tardes enteras que no servirían para hacer un buen vídeo de “un día conmigo”.
Y menos mal.
No todo tiene que servir para algo
Quizá una de las frases más peligrosas de nuestro tiempo sea: “¿Y eso para qué sirve?”
¿Para qué sirve sentarse a dibujar si dibujas fatal?
¿Para qué sirve aprender a hacer cerámica si no vas a vender jarrones?
¿Para qué sirve leer una novela?
¿Para qué sirve bailar?
¿Para qué sirve pasar dos horas hablando con alguien alrededor de una mesa?
Para nada.
Y para muchísimo.
Estamos tan acostumbrados a buscar resultados que hemos olvidado el valor de hacer cosas simplemente porque nos apetece.
Sin monetizarlas.
Sin convertirlas en contenido.
Sin intentar ser especialmente buenos.
Sin enseñárselas a nadie.
Ahí también aparece el aburrimiento creativo: cuando dejamos espacio suficiente para que nuestra cabeza juegue sin tener que llegar necesariamente a ningún sitio.
Parar también es mirar alrededor
Hay otra cosa que ocurre cuando bajamos revoluciones: volvemos a fijarnos en lo que tenemos delante.
- La conversación de la mesa de al lado
- Una fachada por la que hemos pasado cien veces
- El olor de algo que están cocinando
- Un perro absolutamente decidido a no caminar en la dirección que quiere su dueño
- La gente
- La ciudad
Durante mucho tiempo, las plazas, los mercados, los bares y las terrazas han sido precisamente eso: lugares donde estar sin demasiadas instrucciones. Puedes venir a comer, atomar algo, a ver qué está pasando, a encontrarte con alguien o simplemente a dar una vuelta.
No todo necesita una agenda.
Y quizá por eso nos siguen gustando tanto esos lugares en los que pueden pasar cosas sin que sepamos exactamente cuáles.
¿Qué hacer cuando te aburres? Nada, de vez en cuando
No estamos diciendo que tires el móvil al río, abandones tu trabajo y te marches a contemplar nubes a una montaña. Sería un poco intenso.
Tampoco hace falta convertir el descanso consciente en otra obligación más de tu lista.
“18:00-18:30: aburrirme.”
No.
Se trata simplemente de recuperar algunos espacios. Esperar el autobús sin mirar inmediatamente una pantalla. Tomarte un café sin abrir el correo. Caminar diez minutos sin escuchar nada. Dejar una tarde sin organizar. Decir que no a algún plan. No saber qué vas a hacer el domingo.
Puede parecer poca cosa, pero en un mundo diseñado para mantenernos constantemente ocupados, entretenidos, conectados y disponibles, no hacer nada empieza a ser casi un pequeño acto de rebeldía.
El lujo ahora es tener tiempo
Durante años asociamos el lujo con tener cosas, ahora quizá el verdadero lujo sea tener espacio:
- Una mañana sin alarma
- Una sobremesa sin mirar la hora
- Un sábado sin ocho planes consecutivos
- Una conversación que se alarga
- Una terraza, algo para beber y ninguna intención concreta de hacer nada después
Tiempo que no tiene que justificarse.
Porque quizá descansar conscientemente no consiste en desaparecer del mundo. Consiste en volver a estar dentro de él sin sentir que tenemos que correr todo el rato. Así que la próxima vez que aparezca esa incómoda sensación de “me estoy aburriendo”, antes de sacar el móvil, buscar un plan o preguntarle a Google qué hacer cuando te aburres, espera un poco.
Así que hoy no te vamos a hablar de planazos en Mercado de Tapineria, ni te vamos a contar qué hacer en Valencia este fin de semana, hoy date cinco minutos.
O diez.
Mira alrededor.
Deja que la cabeza se vaya por donde quiera.
Igual descubres que no pasa absolutamente nada.
Y precisamente de eso se trataba, ¿no?